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February 03 La Revolución apasionante El retraso dio pie a todo tipo de
conjeturas especialmente en determinados ámbitos de la prensa
internacional, sobre las razones que explicarían un silencio
prolongado a la hora de dar a conocer los votos pormenorizados de los
más de 8.642.000 cubanos y cubanas mayores de 16 años
llamados a las urnas. Pero cualquiera que conozca un poco los
particulares mecanismos de funcionamiento social de este país
sabe que los caminos de la Revolución siguen siendo tan
apasionantes como complejos. Sin duda
los datos llegaron con retraso, teniendo en cuenta el nivel de
informatización del sistema, pero para eliminar cualquier
suspicacia y como muestra de transparencia, la edición del
diario «Granma» hacía públicas este
miércoles 30 de enero todas las cifras con detalle. Finalmente,
la participación alcanzó el 96,89% del electorado y los
votos válidos fueron el 95,24%, de ellos, el llamado «voto
unido» (priorizado en la propia papeleta y que consistía
en votar a todos los candidatos y candidatas de la lista
convirtiéndose, de hecho, en la «opción
oficial» a todos los efectos) fue refrendado por el 90,90% de los
votantes. De esta forma, los candidatos a los 614 puestos a diputados y
diputadas y los 1201 delegados provinciales, fueron elegidos en la
primera vuelta. Y en cualquier análisis de
resultados hay que destacar como primer elemento el mantenimiento de
una tendencia sostenida al crecimiento de la participación,
desde el año más duro de la crisis económica y
política -1993- hasta el día de hoy (92,97% en 1993;
94,98% en 1998; 96,14% en 2003; y 96,89% en 2008). En segundo lugar el
ya mencionado «voto unido» (es decir la elección de
todos los candidatos en conjunto -que es la propuesta oficial y
ampliamente promocionada-) aunque sigue siendo la opción seguida
por la mayoría de los electores mantiene un tendencia permanente
a la baja, lo que indica a su vez un crecimiento sostenido de un voto
revolucionario «crítico», y sólo basta
señalar que éste ha ido subiendo sin ninguna
inflexión, desde el 4,04% de 1993 hasta el 9,10% de estas
elecciones. Por otro lado, siguiendo la tendencia de las
elecciones locales de octubre del año pasado, las provincias
orientales de Granma y Guantánamo, que son las más
afectadas por las dificultades socio-económicas y de servicios,
continúa manifestando, curiosamente, el mayor grado de consenso
con la Revolución (en una tendencia también sostenida),
mientras que los datos oficiales de estos comicios generales confirman
que las contradicciones cotidianas de las grandes concentraciones
urbanas, Ciudad de La Habana, Holguín y Santiago, siguen
reproduciendo cifras particulares de disenso (sin ser significativas)
que son netamente superiores a las del resto del país. Mención
aparte merecen la notable e inexplicable bajada, en apenas tres meses,
del voto nulo, del 3,08 % al 1,04 %, voto que de manera general refleja
una actitud sumamente agresiva contra la Revolución. O los
extraños resultados del Municipio Especial Isla de la Juventud
que triplican todos los índices nacionales de rechazo o
crítica (abstención, nulo, blanco y voto selectivo) y que
parecen obedecer más a una situación de evidente y grave
descontento local que a una lectura de política nacional. Sistema peculiar El
sistema electoral cubano es realmente peculiar y mezcla componentes de
verdadera democracia de base con otros de clara orientación de
la voluntad popular. Es cierto que el proceso parte en su origen de las
estructuras locales (cuadras, barrios, municipios) en un manifiesto
ejercicio de lo que podríamos denominar
«estructuración horizontal», que existe la
posibilidad de no ejercer el derecho al voto (matizable pero, sin duda,
con una absoluta flexibilidad si lo comparamos con buena parte de las
llamadas «democracias regionales» de su entorno), que
está exento del juego mediático de la «sociedad del
espectáculo» occidental, que no existe
«profesionalización de la política» (ninguno
de los elegidos cobra salario alguno por ejercer su función,
debe rendir cuentas a sus electores en asambleas abiertas al menos una
vez al año y puede ser solicitada su revocación en
cualquier momento de su mandato), que el perfil de los candidatos
propuestos responde de forma estrictamente democrática y
equitativa a la realidad del tejido social de la Cuba de hoy (en cuanto
a variables como cualificación profesional, nivel de estudios,
género, edad, raza o adscripción religiosa...). Pero,
simultáneamente, un proceso electoral como el celebrado el 20 de
enero se mueve más en claves de ratificación popular de
los principios revolucionarios genéricos (elementos
simbólicos que, evidentemente, siguen contando con un consenso
mayoritario en la República) que de libre designación de
unos candidatos a diputados o delegados provinciales. No deja de ser
significativo, en este sentido, que en los textos que
acompañaban las decenas de miles de fotos de los nombres
postulados que han sido colocadas a lo largo y ancho de los
núcleos poblacionales del Archipiélago, aparecieran como
reiteradas y exclusivas referencias las actividades profesionales y
militancias políticas (desde el Partido a las organizaciones de
masas) desarrolladas por los hombres y mujeres hoy ya elegidos sin
establecer en ningún caso líneas o propuestas de trabajo
a promover en el desempeño del nuevo cargo (una consigna muy
popular en la Cuba de los años 70 establecía elementos de
contraste: «No me digas lo que hiciste, dime lo que estás
haciendo»). Ni tampoco parece una cuestión menor que a lo
largo de toda la campaña en prensa, radio y televisión se
haya establecido un binomio más o menos sutil ente la llamada a
la participación electoral y la identificación del
«voto unido» como el «verdaderamente
revolucionario» (incluso desde la víspera de la jornada
electoral en la puerta de muchas circunscripciones se podía leer
la frase «Vota pronto y vota bien»). En
definitiva, un proceso de ratificación más que de
elección directa que en estas próximas semanas se
enfrenta a una nueva fase no exenta de especulaciones, internas y
externas, respecto a los nombres que van a ocupar los más altos
cargos en el nuevo organigrama institucional. No es una cuestión
menor en un Republica socialista inmersa en un proceso de cambios y
transformaciones, más allá de la visualización de
las mismas o de su ritmo de aplicación. Pero aquí en Cuba
todo el mundo sabe o intuye que esta nueva Asamblea Nacional
recién elegida tiene por delante una tarea enorme en un momento
sumamente especial. Y todo ello, en un país que, hoy por hoy,
sigue conjugando términos tan en desuso en estos tiempos como
ética colectiva, dignidad o justicia social. (Gara). TrackbacksThe trackback URL for this entry is: http://kokoponcho.spaces.live.com/blog/cns!EAC1BB2A863C894!1825.trak Weblogs that reference this entry
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